El nuevo modelo educativo. ¿transformación o preservación?

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Por Samael HERNÁNDEZ RUIZ.

Lo que expongo a continuación son unas notas con las que pretendo justificar un programa de investigación sobre la realidad educativa de México, sus problemas y posibles soluciones, ante el anuncio del nuevo modelo educativo de la Secretaría de Educación Pública.

La educación es el proceso mediante el cual la sociedad se reproduce, es decir, mantiene su estabilidad; pero también es el medio por el cual la sociedad puede transformarse. En el primer caso observamos lo que llamamos “normalidad”, en el segundo evolución.

No empleo el término “progreso” para referirme a la evolución, porque la historia nos muestra, al menos a partir del siglo XVI, que no todo cambio tiene efectos positivos sobre el ser humano y su entorno natural.

Si el progreso es aquello que hemos vivido durante los últimos cinco siglos, podemos afirmar que desde entonces construimos lo que nos destruirá más temprano que tarde. Tampoco aludo al término “revolución”, porque las denominadas revoluciones, la de 1789 en Francia, la de 1910 en México y la de 1917 en Rusia, acompañaron y quizás hasta favorecieron un sistema de explotación  y exclusión social sin precedentes.

Acepto que la “normalidad” es buena mientras proporciona felicidad al ser humano, es decir, mientras hace hace posible la aceptación de la vida y de la muerte. Cuando cualquiera de las dos o ambas son inaceptables, entonces los seres humanos tenemos dos opciones: someternos o rebelarnos. Ninguna de las dos opciones es fácil, la primera significa aceptar una existencia vacía, sin sentido, angustiante, la muerte se nos presenta como una injusticia, y lo es en esas condiciones de existencia, en lugar de un hecho natural y por lo tanto inevitable. Cuántas personas viven hoy una vida miserable, enferma, agobiante. Y cuántas más ven morir a sus hijos o seres queridos cuando sabemos que su vida pudo prolongarse y ser fructífera. No vale el argumento de que a algunos les va mal en tanto que a otros, con más suerte u otra, cosa les va bien, cuando la oportunidad de hacer una vida feliz no es la misma para todos. La segunda opción, la rebeldía, no es más cómoda, requiere primero de darse cuenta de dónde viene la infelicidad y por qué, tomar después la decisión de rebelarse contra el poder establecido de manera violenta o pacífica, pero siempre arriesgando todo.

La rebelión contra el poder, en cualquiera de sus formas, no es garantía de que las cosas mejoren para la mayoría, por lo regular gracias a  la rebelión una élite sustituye a otra, porque el poder tiene su propia lógica  y la lógica del poder es mantener la estabilidad una vez realizado el cambio político, aunque todo lo demás permanezca igual. Lo anterior es algo que conocemos bien en México.

Debo confesar que no creo en las revoluciones violentas que colocan a nuevas élites en el poder, ni creo en la suficiencia de los cambios pacíficos que al final reproducen la lógica del poder, incluyendo los llamados democráticos. Creo en cambio, en la transformación de los individuos en lo que respecta a  las disposiciones de su conciencia: sus conocimientos, destrezas y afectos; opino que todo ello preparan el camino para transformaciones que respondan a las expectativas del sujeto en todos los aspectos de la sociedad, y cuya adjetivación política las mantenga, mientras la vida transcurra feliz.

El proceso que facilita el cambio en las disposiciones de conciencia de los individuos y los predispone a actuar es la misma educación en su carácter de factor dinamizador; pero ¿qué hace diferente a la educación transformadora de la educación reproductora?

No se puede responder a esa interrogante con algunas frases o intentos de definición, es necesario el análisis sociopedagógico para identificar las características de una y de la otra, así como de sus condiciones de aplicación y desarrollo.

Identificar y poner en práctica la pedagogía de la transformación social es hoy un imperativo dictado por las actuales condiciones de México. Desde luego el análisis sociopedagógico no se limita al asunto de los contenidos educativos, sus didácticas y condiciones escolares; va más allá, exige el análisis de la forma en como el Estado interviene en la educación y en qué sentido lo hace, para mantener el equilibrio actual o para romperlo y provocar una transformación de la realidad nacional. Por otra parte, está la propia acción de los actores colectivos desde la sociedad civil y sus posibilidades de instrumentar una pedagogía transformadora superando sus contradicciones internas, apoyando la acción transformadora del Estado u oponiéndose a su pretensión reproductora.

Lo anterior constituye un programa de reflexión en el que Oaxaca será la realidad de referencia para derivar propuestas generalizables, a condición del análisis específico de cada situación en los estados de la república. La forma de comunicación de estas propuestas, no deben limitarse al formato académico, sino dar prioridad a la solución de problemas prácticos, una especie de análisis para el desarrollo de “tecnología” social utilizable por sujetos colectivos identificables o el Estado mismo.

¿Por qué Oaxaca? Porque Oaxaca plantea más retos que en cualquier otro estado de la república y porque ver a México desde el Sur, es una cuestión de seguridad nacional además de uno de los ejes necesarios para la definición de cualquier nuevo proyecto de nación.

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