México, país en vilo

DE PARADOJAS Y UTOPÍAS
RAÚL NATHÁN PÉREZ

En memoria de los policías estatales,
masacrados en San Vicente Coatlán

1).- Las lecciones de la historia

Decía el General Marcelino García Barragán que “el poder a los inteligentes los marea y a los pendejos los enloquece”, en clara referencia al ex presidente Luis Echeverría, que “no fue un hombre leal”, dijo el jalisciense. (Juan Veledíaz, Jinetes de Tlatelolco, Ediciones Proceso, México, 2017, pp.11-16). El Ejército Mexicano, sin duda alguna, ha tenido lo que el General José María Ríos de Hoyos, acusado de activismo de izquierda en los cincuentas, describió como “grandezas y miserias”.

Pero no obstante las manchas a su prestigio por parte de malos oficiales, la lealtad de los hombres de verde olivo a las instituciones y la presidencia civil, ha sido indiscutible. Parte de la historia oscura la representan el coronel y senador Carlos I. Serrano y el capitán Luis Torres Amezcua, ambos cercanísimos al ex presidente Miguel Alemán, que en 1948-1950, formaron parte de la mafia que inundó a los Estados Unidos de droga. (Juan Alberto Cedillo, La Cosa Nostra en México (1938-1950), Grijalbo, 2011, p. 29).

Pero una cosa es la lealtad institucional y otra, muy distinta, que desde las altas esferas del poder se les humille, vilipendie y por una ideología volcada en un añejo resentimiento, se les vea como simples instrumentos, para que los delincuentes o sus aliados civiles cometan con ellos las peores bajezas. Desaparecer al Estado Mayor Presidencial; reabrir el caso “Tlatlaya” y premiar a los actores de la Liga Comunista 23 de septiembre, más aún, poner a las Fuerzas Armadas en evidencia luego del fracasado affaire Culiacán y hasta revelar el nombre del oficial responsable de las labores de inteligencia en la lucha contra el narcotráfico, fueron, entre otros, el quid de una respuesta enérgica. Y ésta fue la del General Carlos Gaytán. Pero luego empezaron los denuestos y acusaciones.

2).- Golpe de Estado, sólo un ardid mediático

En 1968 se escribió el capítulo más deplorable en la historia del Ejército Mexicano. El estigma de represor no se lo ha quitado. Se reivindicó en la lucha contra la delincuencia organizada y los cárteles de la droga, desde la operación “Cóndor”, lanzada en 1977, en la que participaron 10 mil soldados. Su acción se enfocó en el “triángulo dorado”: Sinaloa, Durango y Chihuahua, que desde entonces eran líderes en la siembra de amapola y marihuana. (Jorge Carrillo Olea, México en riesgo. Una visión personal sobre un Estado a la defensiva, Grijalbo, México, 2011, p. 188). Imposible entender la lucha contra el narcotráfico sin el Ejército y la Marina. Al primero, por cierto, AMLO ofreció regresarlo a los cuarteles. Nada ha ocurrido. Peor aún, se entrampó en la formación de la Guardia Nacional, con mando militar.

Ni siquiera en el capítulo negro que significaron los casos de los generales Jesús Gutiérrez Rebollo, Humberto Quiroz Hermosillo o Mario Arturo Acosta Chaparro, se mencionó siquiera el Golpe de Estado. Y conste que uno de casa, el capitán Fernando Gutiérrez Barrios, respetado en las Fuerzas Armadas, ex titular de la Dirección Federal de Seguridad y ex Secretario de Gobernación, investigó a fondo deslealtades y desvíos. (Fabrizio Mejía Madrid, Un hombre de confianza, De Bolsillo Premium, México, 2017). Lo grave es que luego de hacer olas con el asunto del famoso Golpe de Estado, el presidente arrió banderas. ¿Conclusión? Sólo alborotó el avispero.

Hoy, dos hechos tienen al gobierno de la 4T en la mira del mundo y del vecino del norte: el affaire Culiacán y el gravísimo episodio Le Baron. El hombre es su tiempo y su circunstancia, aprendimos de José Ortega y Gasset. Ni los medios ni el gobierno neoliberal; ni los fifís ni los conservadores son los responsables. Al cierre del primer año, muy lejos quedó la borrachera democrática. Lo que prevalece es la resaca de un país en vilo, que este gobierno ha conducido con más pena que gloria. Las pruebas están a la vista.

BREVES DE LA GRILLA LOCAL:

—Nuestra insistencia en la inseguridad no es ociosa. La respuesta del tonto: “estamos mejor que otros estados”; la del irresponsable: “es un problema nacional”; del obtuso: “los responsables son los gobiernos anteriores”. Lavarse la cara, sacudirse la carga, es la tendencia. La masacre –ésa es la palabra- de cinco policías estatales, no es un tema menor. Ha puesto a Oaxaca –ahora sí- en la mira de las entidades más violentas del país. 

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