Manuel Díaz Cisneros

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“Oaxaca vive una nueva filosofía que anima a los pueblos para vivir mejor, conscientes de que no puede existir un pueblo marginado de los programas políticos, de la civilización y la cultura. Los oaxaqueños somos un pueblo con vigor espiritual, con una gran riqueza cultural e histórica”

Manuel Díaz Cisneros

Moisés MOLINA

No recuerdo cuándo le conocí.

Muy probablemente fue el aquel pequeño restaurant de las calles de las casas y 20 de noviembre, donde por primera vez escuché a José Muñoz Cota.

Algún día de la semana por la noche, los muñozcotistas se reunían, con la  anfitrionía de Don Manuel, su esposa y su hijo Juan Manuel.

Eran veladas literarias al estilo de “los contemporáneos” o del “Ateneo de la Juventud”. Se discurría, se dictaban conferencias, se recitaba. Era ese remanzo un espacio fuera del tiempo y del espacio, que desde luego también visitaba Alicia Pérez Salazar, generosa compañera de nuestro maestro, que hoy con cariño también, saludamos en Oaxaca.

Era yo un niño. No sé si podía llamarme “muñozcotista”, pero sí puedo presumir que ahí pronuncié un discurso frente al maestro; versaba sobre Vicente Guerrero. Lo recuerdo bien.

No hubiera sido posible sin la atingente iniciativa de la familia Díaz Gerard.

Hoy se le homenajeó a Díaz Cisneros en el “Teatro Juárez”. Homenaje en vida, como deben ser; recuerdo que una vez ya nos lo habían matado. Hoy lo vi; hay Manuel para rato.

Se desarrolló en su honor un concurso de oratoria y se reeditó en el tiempo más propicio “Querétaro: Sinaí en llamas”, prolijo ensayo de José Muñoz Cota sobre nuestra Carta Magna de 1917 que, a pesar de haber sido escrito en 1967, mantiene las propiedades hasta quien sabe cuántos mañanas.

Ahí Muñoz Cota escribió: “Sabemos abundantemente que toda constitución no es un testimonio sociológico estático, sino que toda Carta Magna es, o debe ser, dinámica”. ¿Podemos decir hoy que las cosas son diferentes?

Escuchamos hoy, el discurso de Don Manuel. No tiene desperdicio. Claro, directo, fuerte, firme, congruente con lo que ha sido su pensamiento toda su vida intelectual. Como él, ya pocos, ya nadie lee, ya nadie estudia; pero sobre todo, ya nadie dota de sentido social el verbo; ya nadie hace oratoria social.

Por momentos grosero, provocador, severo, temerario; quienes le conocemos sabemos que no es eso. Es simple y sencillamente la claridad y vida que al discurso político le falta hoy en día, en todas partes y que tiene su raíz en una pequeña comunidad de Pinotepa Nacional.

¿Por qué dedicarle el texto de hoy? Porque lo merece, aunque sea sencillo y no esté a su altura.

Y es que el broncíneo Cisneros, casi siempre lacónico no es cualquier persona. Más allá de la amistad añeja, ha sido un hombre (no un político, no un padre, no un esposo, no un abuelo, no un maestro, no un orador); “UN HOMBRE” de excepción.

Nuestro Maestro Muñoz Cota, lo fue más de él que de muchos de nosotros.

Díaz Cisneros bebió de la fuente, desde hace mucho más tiempo que nosotros.

Don José escribió en 1976 un texto sobre sus alumnos, los mejores: Solo 28 discípulos tuvieron cabida. Ahí está Manuel:

“Cuando habla en público, su estilo es su carácter; fiel imagen de su temperamento, solo que con sus palabras se libera de las inhibiciones y su acento, afirmativo, como si estuviera dictando una cátedra. Sus ademanes enérgicos cierran camino a toda posibilidad de duda. Ha disciplinado su oratoria con el rigor de una lógica implacable. A Manuel no le interesa conmover, sino convencer”

Así lo dejó definido Muñoz Cota para la posteridad en “Jóvenes en Espiral”.

En 2002, la Universidad “Benito Juárez” y el Gobierno de José Murat reeditaron “El hombre es su palabra”, para mí la obra cumbre del muñozcotismo, un ensayo filosófico sobre la oratoria.

No podía faltar la participación de Manuel Díaz Cisneros. Escribió el epílogo que así cerró: “Podemos decir, con Pablo Neruda en su ofertorio a Silvestre Revueltas: “Maestro, ahora son las estrellas de América tu Patria y tu casa sin puertas es la tierra”.

Felicidades, Don Manuel Díaz Cisneros.

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