Las tragedias de Oaxaca

Isidoro YESCAS

El terremoto de 8 grados que sacudió al centro y sur-sureste de México la medianoche del 7 de septiembre, y que provocó severos daños materiales y pérdidas de vidas humanas en la región del istmo oaxaqueño representa, sin duda, una gran tragedia para Oaxaca, ya duramente golpeada por las intensas lluvias que se prolongarán durante todo el mes de septiembre.

Zona de alta sismicidad, Oaxaca ya vivió y padeció tragedias similares y de mayor magnitud e impacto negativo entre la población con miles de damnificados y cuantiosos daños materiales a viviendas y edificios públicos. Fue el caso del terremoto de 6.5 grados ocurrido el 24 de octubre de 1980 en la región de la mixteca o, el más trágico que hasta ahora se tenga memoria, que aconteció el 4 de enero de 1931 cuando un terremoto de 7.8 grados devastó la ciudad capital y buena parte de los Valles Centrales.

Pero además de los sismos, nuestra entidad es altamente vulnerable a otro tipo de fenómenos meteorológicos como las depresiones tropicales y huracanes que, al igual que los sismos, han provocado tragedias como el huracán “Paulina” que en octubre de 1997 semidestruyó las costas de Oaxaca, Chiapas y Guerrero.

La vulnerabilidad de Oaxaca también se manifiesta en su ancestral pobreza social y económica que hace más difícil superar este tipo de tragedias, sobre todo cuando los gobiernos federal, estatal y municipales son omisos o negligentes para dar cumplimiento a todas las medidas de prevención y protocolos que en estos casos están claramente establecidas en las normas relacionadas con la protección civil.

El hecho de que hoy en día solamente 16 de los 570 municipios de la entidad cuenten con Atlas de Riesgos para prevenir y reducir el impacto de sismos y huracanes evidencia ese escaso interés que se ha puesto en la seguridad de los oaxaqueños. Y qué decir de un deficiente sistema de alerta sísmica que solo en el caso de la ciudad de Oaxaca cuenta con 13 altoparlantes, pero que la noche del jueves negro no todos funcionaron.

A todo esto hay que agregar la discrecionalidad y hasta opacidad con la que los gobiernos estatales han administrado los millonarios recursos que después de una tragedia fluyen del Fondo Nacional de Desastres (FONDEN) de la Secretaría de Gobernación. Es cierto que existen reglas de operación para su ejercicio pero, como en los casos en que la ley obliga a licitar una megaobra pública (vgr Centro de Convenciones), aquí las normas se hicieron para violarlas pues primero están los negocios al amparo del servicio público y después el cumplimiento de la ley.

De ahí que frente a esta otra tragedia política de tener a gobiernos omisos, negligentes y en muchos casos corruptos, lo que se impone es la organización de la sociedad, tal como ahora se está observando con la solidaridad que empieza a expresarse hacia los damnificados de la región del istmo. Pero aún en estas faenas solidarias hay que estar alertas y denunciar el oportunismo electorero de funcionarios públicos y aspirantes a cargos de elección popular que suelen aprovechar estas crisis para llevar agua a su molino.

La unidad y solidaridad en tiempos de convulsiones sociales y desastres naturales, como las que ahora viene padeciendo Oaxaca, son tan necesarias como la propia toma de conciencia de que para salir adelante necesitamos algo más que discursos y promesas demagógicas de que una visita presidencial , un Centro de Convenciones, o las Zonas Económicas Especiales, son la panacea para superar nuestras viejas y nuevas carencias.

Twitter:@YescasIsidoro

Septiembre 9 del 2017.

 

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