El comentario de hoy, martes 9 de octubre de 2018

Dos de los factores que provienen del poder público y más han ofendido a los mexicanos son la corrupción y los excesos. La primera fue pieza clave para el triunfo del hoy presidente electo, Andrés Manuel López Obrador. El hartazgo, la impunidad y el brutal saqueo de las arcas públicas en Veracruz, Quintana Roo, Chihuahua y otras entidades o hechos como la Casa Blanca, el caso Odebrecht y otras más, socavaron la confianza en las instituciones y forjaron un hito en la historia política del país.

Sin embargo, tal parece que un mal fario nos persigue. Si bien aún faltan dos meses y medio para el inicio del próximo gobierno, la llamada “cuarta transformación” y su complemento, “la austeridad republicana”, comienzan hacer agua. La boda de uno de los colaboradores más cercanos del presidente electo, fue objeto de la crítica más incisiva de que se tenga memoria, en los últimos tiempos. Incluso periódicos influyentes como el inglés “The Guardian” calificó el evento como derroche de excesos y frivolidad.

Entiendo que habrá opiniones que reconozcan que cada quien tiene derecho a hacer de su vida y actos lo que le plazca y pueda pagar. Estamos de acuerdo. Habrá también quienes digan que no es para tanto y que el presidente electo sólo acudió como invitado. También de acuerdo. O que cada quien es responsable de sus actos como también se dijo, pero que se aprovecha dicho evento para descalificar al gobierno que en breve estará en funciones.

No obstante, la sabiduría popular tienen un refrán muy sabio que dice: “no hagas cosas buenas que parezcan malas”. Por una parte, aunque es un evento privado está bajo el escrutinio público, habida cuenta de que no se trata de una persona común y corriente, sino uno de los más cercanos al presidente electo. En la vida pública no hay quehacer privado. Por otro lado, representa exactamente lo contrario al discurso de austeridad, de transformar al país, de evitar los excesos y el dispendio, que se han venido manejando en el equipo que tendrá a su cargo la dirección del país.

Lo que ya no cuaja en el ánimo de la gente es la simulación, la doble moral y la demagogia. Ser o no ser, ésa es la cuestión, dijo el inmortal Shakespeare. Si no se va a cumplir con lo que se le ha prometido al pueblo mexicano, mejor ni hablar. Pero en cada mensaje, cada discurso, cada entrevista, se sigue machacando sobre lo mismo. No hay peor ofensa para el pueblo, que sorprender su buena fe y engañarlo con discursos fatuos y promesas falsas. Habrá pues que corregir el rumbo, antes de escribir un nuevo capítulo, antes de que sigan prevaleciendo los mismos vicios y excesos del pasado. (JPA)

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