El comentario de hoy, martes 30 de octubre, 2018

Oaxaca padece, en los últimos tiempos, estadísticas preocupantes en materia de inseguridad. Ejecuciones, homicidios dolosos, feminicidios, secuestros. Hemos transitado, sin tocar baranda, de una entidad con índices menores de ilícitos a un estado con alta incidencia delictiva. Juchitán, Tuxtepec, Pinotepa, los Valles Centrales, han perdido su ancestral tranquilidad para devenir paraísos del crimen.

El caso reciente de la desaparición y muerte del doctor Acevedo, nos ha tocado a muchos las fibras sensibles de la indignación y el coraje. No nos corresponde hacer prejuicios. Estamos ciertos que la instancia competente, en este caso la Fiscalía General del Estado, debe investigar a fondo hasta encontrar los móviles y a los responsables. El sábado pasado se cometieron el mismo día, al menos otros tres crímenes más en Tuxtepec, Pinotepa y Pochutla. Oaxaca no es pues remanso de paz social y seguridad pública. Es imprudente decir lo contrario.

Una buena política de seguridad y justicia debe partir de una coordinación institucional entre las instancias correspondientes. Pero tal parece que en esta administración no es así. Cada quien va por su lado. En la Secretaría de Seguridad Pública el saldo negativo es grave. Los operativos policiales montados tanto en el Istmo como en la Cuenca del Papaloapan, han sido negativos. Tiros al aire. No hay voluntad política para otorgar certidumbre y seguridad a la ciudadanía.

Se dice por ejemplo, que es tal la pobreza presupuestal, que en la Fiscalía no hay ni para copias. Obvio, menos para la investigación de delitos, viáticos o vehículos. El Fondo de Seguridad Pública, sólo Dios sabe cómo se administra, porque su eficacia no se ve por ninguna parte. Es decir, los problemas vienen de arriba y no hay una sola voz que imponga orden; que exija resultados; que obligue a rendir cuentas.

Estamos mal, pero tal parece que hay quienes ven otra película: la de una entidad utópica en la que todos somos felices. Si bien es cierto que la inseguridad y la criminalidad son males que corroen las entrañas del pueblo mexicano, nada se logra con decir que en Oaxaca sólo sentimos sus efectos. La inseguridad sigue socavando la confianza en las instituciones; sigue creando un clima de temor y agravio.

En estas circunstancias ya no cuaja la justificación o la política del avestruz. No importa cuántas personas sean detenidas en los operativos del alcoholímetro, sino cuántos operativos se montan en la entidad para darle a los oaxaqueños, los instrumentos para recuperar la confianza y el honor. (JPA)

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