El comentario de hoy, martes 30 de junio 2020

El domingo 21 de junio ocurrió un hecho triste, lamentable y, desde cualquier punto de vista, abominable. Por viejas rencillas políticas y conflictos de corte postelectoral, alentados por factores externos y soslayados por los poderes ejecutivo y legislativo, 17 personas fueron asesinadas en la comunidad de Huazantlán del Río, municipio de San Mateo del Mar. Las fotografías que circularon en redes sociales dan cuenta de la saña inaudita con la que la mayoría fue sacrificada.

El odio y el encono, sin duda, fueron el eje de una masacre tan brutal como la que mencionamos. Luego de esta barbarie nos preguntamos: ¿Qué puede ser tan importante para que se lapide, incinere vivos o se torture a los hermanos de raza? ¿A dónde está esa hermandad, identidad y unidad que tanto cacarean los defensores a ultranza de nuestros pueblos originarios, llamados a sí mismos, del color de la tierra?

Desde hace años los pobladores de Santa María del Mar, agencia de Juchitán, también de la etnia huave o ikoots, como suelen llamarse, entran y salen de su comunidad a bordo de lanchas, es decir, por mar. ¿Y saben por qué? Porque sus vecinos y hermanos de raza de San Mateo, les cerraron el único camino por el que pueden llegar, por tierra, a Santa María.

Funcionarios han ido y venido, incluso hace poco más de un año, estuvo en la zona el ejecutivo estatal. Pero nada, absolutamente nada ha convencido a autoridades y pobladores de San Mateo del Mar, para solucionar el viejo diferendo agrario, por más de dos mil hectáreas, que tiene con sus hermanos huaves. Una situación similar ocurre entre las agencias de Pueblo Nuevo y Pueblo Viejo, pertenecientes a San Francisco del Mar. Otro caso es San Dionisio, confrontado políticamente.

La violencia pues, está arraigada en sus usos y costumbres. Es parte de su identidad originaria. A menudo se habla de acuerdos de paz, que sólo sirven para que el funcionario se tome la foto. Se les llama a mesas de diálogo, de donde salen sus dirigentes o autoridades, listas para desenterrar el hacha de guerra. Y desconocen los intentos del gobierno para concertar la paz.

Pero ahora sí, la polarización política llegó a los extremos. Cuando hay tal cantidad de personas asesinadas, mujeres y hombres; cuando hay muchas familias dolientes y decenas de huérfanos, ya no cabe el consabido argumento de que se habrá de llamar al diálogo, la conciliación y la paz. La única forma de sentar un precedente de que aquí no hay impunidad ni de omisión o protección a intereses políticos y partidistas, es que se aplique la ley con energía y el uso de la fuerza para salvaguardar la seguridad ciudadana. Todo lo demás será ficción o debilidad. (JPA)

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