El comentario de hoy, martes 29 de octubre 2019

La violencia, en cualesquiera de sus expresiones, es negativa para la convivencia social. Diálogo, negociación, conciliación, acuerdos, etc., son los paliativos para desarticular la ruta violenta. Según los teóricos del Estado, es éste quien detenta la violencia legítima. Es decir, la puede usar cuando un enemigo externo pretende avasallarnos o, cuando por intereses de grupo, se pone en riesgo la paz social y la gobernabilidad.

Esto, obviamente, es sólo teoría. Lo que debería ser pero no es. En los últimos tiempos -y no vamos a repetirlo- el Estado, cuyo representante es el gobierno, ha abdicado del papel que le compete. La sociedad está en total indefensión ante poderes fácticos. Ya lo vimos hace unos días. ¿Por qué? Porque el discurso, la ideología y la demagogia, se imponen sobre la gran responsabilidad institucional que implica, mantener el Estado de Derecho.

En una de sus obras más reconocidas, llamada “El Político y el científico”, el sociólogo alemán Max Weber, definió dos éticas: la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción. La divisa del gobernante es la ética de la responsabilidad. Preservar la paz, el derecho y las libertades de los gobernados es el fin último del Estado. No hay medias tintas. Los grandes del Siglo XIX y XX, así lo concibieron. Pero nuestros políticos ya no leen.

El poeta, escritor y traductor, José Emilio Pacheco, desaparecido hace unos pocos años, publicó en su legendario “Inventario” de la revista Proceso, un pasaje anecdótico. La Segunda Guerra Mundial estaba en su apogeo. El presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, leía tranquilamente “Los doce Césares” de Suetonio, cuando uno de sus asistentes le preguntó porqué leía esa antigualla. Sin inmutarse mucho Roosevelt le contestó: tal vez aquí encuentre la respuesta para poner fin a la guerra.

Eran, obviamente, otros tiempos. ¿Pero, a qué viene toda esta retahíla de nombres, hechos y remembranzas? A que políticos y gobernantes, con toda su formación a veces en universidades extranjeras, han perdido o carecen de sensibilidad, cuando han asumido responsabilidades de Estado. La realidad los rebasa. Se extravían entre las fantasías del poder y se niegan a la conseja cotidiana de saber escuchar. Es decir, se encierran en el inaccesible ostracismo de sus círculos íntimos, en donde sólo escuchan loas y pierden de vista preguntarle a la gente del pueblo cómo van las cosas. Por ello, en Oaxaca, en los temas más preocupantes de los últimos tiempos, como es la seguridad o la gobernabilidad, la percepción ciudadana es una y la oficial es otra. (JPA)

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