El comentario de hoy, jueves 8 de noviembre 2018

Una de las viejas discusiones entre politólogos, sociólogos y filósofos, ha sido la relación entre política y moral. De hecho hay coincidencias, de que no hay tal relación. La política es amoral, en sí misma. Lo vemos y palpamos a diario. Personas que sin ética alguna saltan de un partido a otro; que luego de los beneficios obtenidos en determinado instituto político, realizan malabares para acomodarse en otro y se vuelven los críticos más descarnados de sus antiguos correligionarios.

Lo percibimos en sus discursos. Vociferan y despotrican en contra de la corrupción, para caer después en los excesos que tanto censuraban. Enarbolan la bandera de la honestidad y la pulcritud, pero no renuncian a los cañonazos que reciben ya como prerrogativas, gastos de campaña o como producto del tráfico de influencias o el conflicto de intereses. En la realpolitik mexicana, el que no transa no avanza. Y de esta tesis, pocos, muy pocos se escapan.

Hay pues un desprestigio generalizado del oficio político. Vemos ahora mismo en el Congreso federal, personajes que fueron motivo de escándalos; denunciados por malos manejos de dinero público; exhibidos en sus francachelas y excesos, convertidos en apóstoles de la moral pública. Maestros que devinieron diputados federales con un historial negro y, hasta procesados por prácticas ilícitas, ahora son paladines de la educación y la moral.

Quienes abrevaron y se beneficiaron de cargos públicos bajo el manto del Partido Revolucionario Institucional –el PRI- y después mutaron sin rubor a partidos de izquierda, para devenir los peores detractores de dicho partido, se comportan como si el ciudadano común no tuviera memoria. La semana pasada, algunos de estos políticos –ésos sí, desmemoriados- se rasgaron las vestiduras en la tribuna del Senado para festinar la pasada consulta sobre el destino del aeropuerto de Texcoco.

En nuestra entidad el oficio político está asimismo, muy cuestionado. En el año 2010, muchos le apostaron a un cambio de régimen. A una transición democrática, a una alternancia. Pero, ¡oh, sorpresa! Resultó un fiasco. Por ello, siempre habremos de insistir que no hay que echar las campanas al vuelo, creyendo que el país o Oaxaca se van a reinventar en un año o en seis; con buenas intenciones u ocurrencias; apostarle a la moral, sabiendo que –como dijera aquel famoso cacique potosino, Gonzalo N. Santos- sólo es un árbol que da moras. (JPA)

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