El comentario de hoy, jueves 23 de abril, 2020:

La semana pasada, el titular de los Servicios de Salud en el Estado, dio un dato revelador y preocupante. La punta de la pandemia en Oaxaca se tiene prevista para la última semana de abril y la primera de mayo. Esto es: la parte más difícil de la emergencia sanitaria, apenas está por venir. Estima que al menos 350 personas podían están en terapia intensiva. Una cifra nada simple si partimos de la premisa de que nuestro sistema hospitalario no está preparado para algo de tal magnitud. El riesgo de colapso es inminente.

La región de mayor incidencia en contagios son los Valles Centrales, pero los contagios se han dispersado por decenas de municipios. No obstante, la conversión de algunos hospitales para atender casos de COVID-19, son insuficientes para una emergencia de esa naturaleza. Lo sabemos todos: hay nosocomios en los que los trabajadores de la salud carecen de lo elemental. Y por supuesto que no hay equipos médicos más sofisticados, como los llamados ventiladores o salas de terapia intensiva. Es duro reconocerlo, pero hasta los muertos se consideran fuentes de contagio.

Estamos pues ante un fenómeno inédito, ya visto por la humanidad, sin duda alguna, como en los tiempos de la llamada influenza española, hace un siglo, que acabó con al menos 300 mil personas. Con brotes del llamado H1N1, el ébola, el sika o la chikungunya, sin ser tan letales como la que hoy nos mantiene en casa. La humanidad ha alcanzado grados inimaginables con los sistemas de comunicación, pero ha soslayado seguramente, lo que concierne a la salud. Por eso no hay vacunas. Su tratamiento es un misterio.

Con lo que hemos visto que ha ocurrido en Italia, España, Francia y Estados Unidos, hemos perdido nuestra capacidad de asombro. Es impresionante la capacidad destructiva del virus. Que no es una bacteria, sino una proteína. Que si fue el consumo de murciélagos por los chinos en Wuhan o que, si fue creado en laboratorio, eso qué importa hoy. Es evidente que el mundo no será igual después. Los especialistas han advertido un crack económico peor que el de la Gran Depresión en los Estados Unidos en 1929. Ante la falta de un tratamiento o de un protocolo médico para atender los casos que han dado positivo, la única alternativa de prevención es quedarse en casa y mantener la sana distancia. Evitar la concentración de personas, hacer del aseo y lavado de manos una especie de ritual. Oaxaca se mantiene hoy en los estándares menores de muerte y contagio. De nosotros depende revertirlos. ¿Aprenderemos de esta lección? Estoy seguro que sí. (JPA)

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